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Angélica Liddell

El centro del mundo

«El arte no es un espejo para reflejar la realidad, sino un martillo para darle forma».
Esta cita de Brecht atraviesa el camino de Liddell, un pedregoso trabajo de herencia clásica, humor melancólico, voz personalísima, poesía descarnada. Y desde Perro muerto en tintorería: Los fuertes, toques de autoficción: la dramaturga y actriz se confiesa en público para epatar a un patio de butacas que termina reflexionando sobre el papel del actor y los tejemanejes del mundo teatral, metonimia de la podredumbre del mundo.

El teatro de la autora tiene el dolor como objeto de estudio, ataca el poder, odia el relativismo moral, y desde la impotencia existencial busca desesperadamente la verdad transformando disciplina en mano de obra. Su posición es la de ser independiente dentro y fuera del escenario.
Resistir es tener compañía propia, conseguir el León de Plata de la Bienal de Venecia 2013, ganar el Premio Nacional de Literatura Dramática 2012, estrenar y ser editada primero en el extranjero.

Esta trilogía de la edad, El centro del mundo, formada por las piezas de teatro documental Maldito sea el hombre que confía en el hombre, Ping Pang Qiu y Todo el cielo sobre la tierra, arremete contra los valores del orden establecido desde la decepción que imprime la edad y reflexiona sobre belleza y decrepitud, deseo y fracaso, juventud y miedo, poniendo en marcha la maquinaria del cuento de hadas; malvado, sí, pero hermosísimo.
 
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