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Recorridos

Patrick Leigh Fermor

Una odisea al servicio de la orfebrería de la palabra

London, 1915 - Dumbleton, 2011

Poco después de que Hitler tomara el poder en Alemania, un chico de dieciocho años decidía cruzarse Europa al modo romántico, como los grandes viajeros: unas pocas ropas, el Oxford Book of English Verse y las Odas de Horacio. Durante la travesía, al llegar la noche, dormía en graneros, refugios y cabañas. Pero también tuvo la suerte de ser alojado en algunas casas campestres de la nobleza rural centroeuropea. Visitó monasterios, se empapó de lenguas, culturas y costumbres, y finalmente, llegó a Estambul el 1 de enero de 1935. Lo que fue su meta inicial dio lugar a un nuevo viaje por Grecia que le llevó al enamoramiento y a la guerra. Una noble fanariota rumana y los ecos de la Segunda Guerra Mundial convirtieron al chico en hombre, que respondía al nombre de Paddy: Patrick 'Paddy' Leigh Fermor.

Como soldado, luchó en la resistencia cretense contra los nazis y, gracias a sus avanzados conocimientos de griego moderno, ocupó el cargo de oficial de enlace en Albania. Se enroló en la inteligencia, se disfrazó de pastor y sus seudónimos eran Michalis y Filedem. Vivió dos años en las montañas y al acabar la guerra, se había ganado a Grecia entera casi como Lord Byron.

Patrick Leigh Fermor fue un enamorado de Grecia, como muchos otros tantos viajeros. La recorrió por el norte (Roumeli) para acabar finalmente instalándose con su mujer en el sur, en una región remota del Peloponeso (Mani). Sin embargo, al acabar la guerra, Paddy, el hombre corpulento que fumaba más de ochenta cigarrillos al día, se fue a recorrer el Caribe. Como ya contaba con una retahíla de cartas de presentación, fue bien acogido entre la alta sociedad de las islas caribeñas. De esta experiencia nació un libro que fue Premio Heinemann y le reconoció en el panorama literario: The Traveller's Tree. Y es que a principios de los años cincuenta, el soldado ya se había convertido en escritor gracias a la calma y el silencio de otro viaje, que le llevó de las abadías de Normandía hasta la Capadocia (A Time to Keep Silence). Allí escribió su primer libro y así empezó a convertirse en uno de los más grandes escritores de literatura de viajes de todos los tiempos.

Siempre escribió a mano. O casi siempre. Sólo al final de sus días reclamó que le enseñaran a mecanografiar porque quería escribir un último libro, un volumen que completara la trilogía de sus obras de los años treinta. No llegó a terminarlo. Murió a los noventa y seis años. Su vida, que fue la vida de un soldado al servicio de su propia odisea, está explicada en la excelente biografía que hizo de él la mujer de Antony Beevor, Artemis Cooper.

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