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AAVV

París no fue una fiesta y otros 68

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La revuelta de mayo del 68 ha sido presentada con frecuencia alarmante como una prolongación de la dolce vita de una sociedad satisfecha, como la francesa, y más en particular la parisina, de finales de los sesenta, en la cual los estudiantes, sus vástagos, hubiesen tomado unos días de holganza para celebrar una divertida revolución de salón, presidida por la liberación de las costumbres. Nada más lejos de la realidad: el movimiento de mayo, alentado en medios estudiantiles y obreros de diversas obediencias revolucionarias, respondía a la profunda crisis de una sociedad que rentaba sin mirar al futuro los réditos del triunfo sobre el nazismo, principiando por el modelo de enseñanza caducado o la explotación fabril persistente. Atendía al modelo de las sublevaciones populares, clásico durante todo el siglo XIX, y más en particular al de la Commune de 1871, donde se miraba. Sus propuestas tampoco fueron ?utópicas? como suele argumentarse sino que sencillamente pretendían un cambio de gobierno que alumbrase nuevos horizontes políticos más democráticos en una sociedad fatigada por el conservadurismo gaullista.
El resto de mundo, democrático o no, conoció sus propias primaveras mayistas. México, con un régimen pretendidamente progresista, acabó en una verdadera hecatombe en la plaza de Tlatelolco, cuyos orígenes aún permanecen por elucidar; Palermo, conoció un mayo singular social y estudiantil tras la crisis desatada por un terremoto de meses atrás; Bruselas, tuvo una revolución pacífica, facilitada por la normalidad democrática, en la que la toma de la palabra fue el hecho más señalado; Granada, lugar de la celebración de la exposición documental de la colección Antonio Pérez, tuvo sólo algunas incidencias, como fue la consolidación del movimiento democrático de estudiantes.

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