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Svetlana Alexievich

Testimonio y literatura

02.11.2015

“La Historia a través de las voces de testigos humildes y participantes sencillos, anónimos. Sí, eso es lo que me interesa, lo que quisiera transformar en literatura… solo la vida real tiene tanta fantasía” (La guerra no tiene rostro de mujer).

La cocina era el centro en la vida de las familias soviéticas.  No sólo se preparaba el borsch o se bebía una taza de té tras otra: se recibía la visita de los amigos más próximos, se comentaban los rumores sobre las recientes detenciones o sobre los cambios inminentes, se leían los samizdat  o se comentaban los libros de Solzhenitsyn, Grossman o Shalamov, se recitaban los poemas de Akhmatova y se tarareaban las melodías delos cantautores más queridos. Solo en la cocina podían sentirse relativamente seguros y confiados. Cuando el mundo soviético comenzó a resquebrajarse, fue allí donde nacieron los sueños con la libertad sin saber muy bien en qué consistía: “un coche extranjero de segunda mano, vacaciones junto al Mar Rojo, 20 tipos diferentes de embutidos y quesos. Eso es lo que llamarían libertad”.

Más que una visión global sobre los grandes acontecimientos, a Svetlana Alexievich  le interesa la experiencia real de quienes los vivieron, y para aproximarse se sumerge profundamente en sus testimonios, intenta captar las circunstancias cotidianas y sus sentimientos sinceros. En sus libros, las personas que nos relatan sus experiencias y ofrecen sus reflexiones no necesitan una presentación previa ni un análisis posterior; por sí mismas, con su confusión y sus contradicciones, son suficientemente esclarecedoras: las distintas voces en contraste se entrelazan con una gran sutileza y nos acercan a la vida real de una forma honesta y descarnada. El resultado final es mucho más que la suma de documentos y testimonios particulares: es un mosaico coral, un oratorio que con su complejidad polifónica logra sacudir nuestra sensibilidad con una fuerza inusitada, con una potencia que difícilmente está al abasto ni de la invención literaria ni de la aproximación sociológica más convencionales. En este sentido, Alexievich ha inventado una nueva forma literaria.

El conjunto de su obra es un impresionante réquiem por una civilización en ruinas; sus libros forman parte de un continuum que recorre los momentos más traumáticos que marcaron las últimas décadas de la URSS: la memoria de la Segunda Guerra, la experiencia de los reclutas que marcharon a Afganistán y sus madres, la catástrofe nuclear de Chernóbil, la guerra de Chechenia, los vertiginosos años que sucedieron al golpe de estado contra Gorbachov en 1991, con el ascenso de Yelstin y la irrupción del capitalismo salvaje. Un formidable intento de trazar la desaparición de una cultura y entrever qué nuevo tipo de sociedad está emergiendo de entre los escombros.

En la escritura de Alexievich hay sobre todo un esfuerzo por rescatar la experiencia, los sentimientos y la agitación de la vida humana de entre las fauces de la trituradora de la Historia y su relato imparcial de los hechos en grandes trazos políticos y económicos. Para ello, encuentra un hilo conductor en el dolor. “No hago más que girar en torno al dolor”, nos dice. El dolor es el lazo secreto que une a las personas y al mismo tiempo crea un abismo entre ellas; la experiencia del dolor convierte a personas simples en agudos filósofos; es el tamiz que permite extraer lo más intenso de las experiencias relatadas por la gente común. Si la capacidad humana de soportar el sufrimiento tan sólo linda con la muerte, Alexievich ha ido a buscar sus testigos precisamente en las vecindades de esta frontera incierta. 

Como ha dicho Philipe Gourevitch, con sus crónicas tan alejadas de la fabulación novelística, Alexievich ha logrado de pleno lo que mejor sabe hacer la gran literatura: “responder a la vida y la muerte con una escritura que por su voz y sustancia, su alma y urgencia, su verdad y, sobre todo, su sabiduría, amplía nuestra comprensión y experiencia de nuestro mundo y nuestro ser”.
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