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Pedro Mairal

Salvatierra

09.03.2021
De pequeños, pareciera que nuestros padres (padre y madre) fuesen personas que siempre han permanecido en ese estado de responsabilidad, como si el mundo fuese una especie de oficina donde a cada persona se le asigna un papel a interpretar hasta el fin de sus días, de manera inamovible. No es hasta que nos hacemos más mayores que empezamos a verlos de otra manera, como personas que antes de llegar nosotros tuvieron una vida diferente, pero no les acabamos de encajar en su nueva vida sumando aspectos de su antigua vida; y quizá nunca les llegamos a ver así, como seres completos, que han sumado a su nueva vida lo de la anterior —o mejor dicho: que no han renunciado—, hasta que ocurre algo que nos obliga a entenderles. ¿Llegamos a conocer —y entender y empatizar— entonces sólo al progenitor, sólo a la persona singular, o a ambas? ¿Y podemos vivir aceptando ciertas cosas de dicho binomio?
En Salvatierra, Miguel, hijo de Juan Salvatierra, pintor autodidacta, mudo, ya muerto, descubre partes de la vida de su padre (y de él mismo) que desconocía, aunque a través de algo que ambos compartieron, pero que guardaba un secreto que obligará a muchas preguntas acerca del padre y de él mismo.
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