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Nadia Terranova

Adiós fantasmas

05.10.2020
La historia de Ida Laquidara tiene que ver con el insomnio que despiertan las heridas, un desvelo que comenzó hace veintitrés años cuando su padre desaparecía al filo de la noche para nunca más regresar. Ida era entonces una niña y su madre intentó protegerla contra toda tristeza disimulando su dolor y su rabia, instruyendo en la buena educación y en un silencio familiar, frágil y agresivo interrumpido por ambas con la violencia del reproche.

Veintitrés años después, al regresar a la casa familiar de Mesina, Ida tendrá que enfrentarse al tropel de recuerdos que despiertan los objetos de las habitaciones antiguas y al fantasma de su padre que se aparece en forma de sustancia líquida: el agua sucia de los radiadores sin purgar, el incesante goteo de las tuberías viejas o el moho del techo hecho añicos por los años y la lluvia. Una huella que reclama su presencia ante cualquier intento de ser reducida.
 
A menudo los adultos olvidan que cuando se es niño sólo se cree en los detalles, y que éstos amontonados habitan el subconsciente y la intimidad donde anida la memoria. Y a Ida la infancia la atraviesa todo el rato, es tan sensible como un sismógrafo y no consigue salir de la grieta de su herida abierta, de la que solo saben brotar recuerdos secos por el tiempo que la impiden pensar en el dolor de los demás.
 
Andrea Vásquez Toribio
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