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Modiano, el Proust de nuestro tiempo

Entrevista a Jorge Herralde

02.12.2014
¿Cómo ha sido tu relación con la obra de Modiano?
Jorge Herralde: Leí a Modiano en las elegantes ediciones de la editorial Alfaguara, a principios de los ochenta,
en los tiempos de Jaime Salinas, los tres primeros libros suyos, El lugar de la estrella, La ronda nocturna y Los
paseos de circunvalación
(que ahora hemos reunido en Anagrama con el título Trilogía de la Ocupación), que
me interesaron muchísimo. Luego Alfaguara persistió con otros títulos y al final, debido a los malos resultados
comerciales, supongo, dejó de hacerlo. Publicaron otros títulos suyos, esporádicamente, editoriales como Debate,
Seix Barral y otras, con idénticos resultados. Y lo mismo sucedió en muchos países: reseñas excelentes y un club de fans fidelísimo, pero escaso. Entonces cayó en mis manos Un pedigrí, que me pareció prodigioso, y decidí, «necesité», publicarla, pese a su disuasorio historial anterior, y se produjo en España, tras varios años de abstinencia, algo así como un descubrimiento o redescubrimiento de la excelencia de Modiano, lo que me alentó a seguir editándolo (sin resultados espectaculares, pero asumibles). Así, publicamos sus tres novelas posteriores y, paralelamente, la edición de Trilogía de la Ocupación y otras cuatro significativas novelas anteriores (con nuevas traducciones, siempre de María Teresa Gallego Urrutia, Premio Nacional de Traducción). Y contratamos la última, Para que no te pierdas en el barrio, tres días antes de que le concedieran el Nobel. 

¿Cuáles crees tú que son las obras clave que permiten comprender mejor el proyecto Modiano?
J.H.: En cuanto abres un libro de Modiano, inmediatamente te sumerges en la llamada «magia Modiano», inconfundible. Un mundo y una voz propios, a la vez biográficos, mitológicos y, digamos, cartográficos del París de los años cuarenta, cincuenta y sesenta. Entre sus novelas podríamos destacar, lo que no es nada fácil, las siguientes: El lugar de la estrella, su primera novela, publicada en 1968 a sus 23 años, que ganó el Premio Roger Nimier y lo instaló de entrada como un escritor diferente. En ella empezó a explorar el tema de la Ocupación de París por los nazis a principios de los cuarenta, de un modo expresionista y colérico (los críticos hicieron referencia a Rimbaud y Céline). El auténtico comportamiento de tantos franceses durante este periodo había sido un tema tabú, polémicamente desvelado por Modiano en su Trilogía de la Ocupación y también en su guión de Lacombe Lucien, dirigida por Louis Malle. Calle de las Tiendas Oscuras, su sexta novela, con la que recibió, en 1978, el Premio Goncourt y con la que quedó ya instalado como uno de los grandes escritores franceses. En ella cambia de registro a través de un caso de amnesia y de la difícil y tortuosa indagación sobre el pasado del protagonista, una búsqueda incansable de la identidad, un trayecto clave en tantas novelas de Modiano, con sus inconfundibles características, basado en su propia biografía: las difíciles relaciones con su padre y su madre, su infancia y adolescencia, tan crueles y dolorosas. En Un pedigrí escribe por primera vez en primera persona, describe de forma minuciosa y exacta su autobiografía, las claves de su vida que estaban diseminadas en sus novelas en su muy peculiar estilo. Pero este libro, seco y esencial, es como la «caja negra» de la vida de Modiano. Y en este registro «documental » hay que destacar también Dora Bruder, la obstinada investigación en torno a la suerte de una joven judía detenida, al igual que sus padres, en el infame año 1942, y deportada a los campos de concentración. Un libro de los muertos. Mientras que en Libro de familia se entremezclan lo autobiográfico y lo novelesco. Y, por último, imposible olvidarse de la bellísima En el café de la juventud perdida (cita de Guy Debord), la novela preferida de tantos de sus lectores. La obra de Modiano, compacta e hipnótica, está dominada por sus obsesiones, «un mismo libro», afirma él mismo, en el que se suceden las vueltas de tuerca. Se ha apuntado su parentesco con Simenon, uno de sus autores favoritos. Sus libros son también indagaciones detectivescas, pero no se busca al responsable de un delito sino los oscuros e inquietantes signos del pasado, de su huidiza identidad. La Academia Sueca, al otorgarle el Nobel, definió su estatura literaria de forma contundente: «el Proust de nuestro tiempo». 

¿Cómo valoras el panorama actual de la literatura francesa?
J.H.: En la literatura francesa, la polémica aparición del nouveau roman, con sus acrobacias experimentales, en las que la inteligencia competía con la aridez, no facilitó precisamente una lectura masiva. Sin embargo (como sucede con tantos barceloneses) mi francofilia persistió malgré tout, y en los años ochenta se vio gratificada con la publicación de dos autores extraordinarios como Albert Cohen (Bella del Señor) y Georges Perec (La vida instrucciones de uso). Pero ha sido a partir de los noventa cuando se ha ido consolidando la obra de una extraordinaria generación que ha ido conquistando a tantos lectores y, desde luego, a los críticos más avisados. Así, el «quinteto» Modiano, Michon, Echenoz, Houellebecq, Carrère (nacidos entre 1945 y 1957) quizá ahora en primerísima línea (al menos para mí), a los que añadiría Deville, quien, al igual que Carrère, durante largos años escribió novelas de ficción hasta conseguir una rara maestría con novelas de no ficción (véase la reciente Peste & Cólera). Sin olvidar a escritoras tan singulares como Reza, Nothomb, Angot, Darrieussecq. Y como representante de autores aún poco conocidos por los lectores españoles, apostaría por Maylis de Kerangal, publicada por la editorial Verticales (una filial de Gallimard), marcada por el sello de la escritura más exploradora y exigente (el lema de su editor Yves Pagès: «Siempre al acecho de una singularidad»). Una escritora que, tras ganar el Premio Gregor von Rezzori por Nacimiento de un puente, se ha consagrado unánimemente con Reparar a los vivos, publicada a principios de 2014, que ha obtenido incontables galardones y muchísimos lectores. Obvio es decir que leo tantos autores franceses para Anagrama (los que escojo y los que descarto) que carezco de tiempo para otras exploraciones, que sigo solo a través de la prensa cultural francesa, y por ello mis conocimientos me impiden opinar sobre otros autores que pueden ser también muy valiosos.

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