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La maledicció de Hill House

Shirley Jackson

05.12.2014
Desde muy pequeños muchos de nosotros tenemos una fascinación casi irracional por las casas con fantasmas, sea a través de la lectura, de la visita al castillo embrujado del parque de atracciones o de la leyenda de la casa del pueblo en la que pasan «cosas» que nadie puede contar pero de las que todo el mundo quiere hablar. Hill House no es una casa con fantasma, sino una casa maldita que rechaza cualquier tipo de presencia humana. La desgracia cae sobre todos los que intentan alojarse entre sus paredes. Sus artes persuasivas para conseguirlo van del diseño arquitectónico de locura hasta puertas que se cierran solas porque no quieren estar abiertas a ninguna mirada curiosa. Pero todo debe ser racionalizado, y el profesor Montague, filósofo y antropólogo, alquila la casa y reúne tres personas que no se conocen para investigar lo que ha de ser científicamente explicado. Los invitados son el heredero de Hill House, Luke Sanderson, que lleva consigo mismo un pasado familiar de muerte y mala suerte; Eleanor Vance, una triste y joven solterona que ha enterrado su juventud cuidando a su madre enferma que acaba de morir; y Theodora, una alegre pintora que pone el toque de frivolidad en medio de este ambiente de gravedad y expectación. Pero lo que realmente importa en este experimento son las relaciones que florecen entre los huéspedes del profesor. Los protagonistas llenan la casa con sus propios fantasmas, con los diálogos y reflexiones sobre la vida, con lo que cada uno espera de ella, y con lo que quieren dejar atrás. El terror es una excusa para que Shirley Jackson retrate magistralmente personas con carencias afectivas que están a punto de caee en la locura más absoluta. Los viajes acaban cuando los amantes se encuentran.

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