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Jonathan Littell

Tríptico. Tres estudios sobre Francis Bacon

09.03.2020
En los últimos años de su vida Francis Bacon viajó con frecuencia a Madrid y durante esas estancias fue asiduo visitante del Museo del Prado. Manuela Mena, conservadora de la colección, recuerda que el pintor la telefoneaba para pedirle que le dejase entrar un lunes, día de cierre del museo, cuando nadie alteraría su visita, y como se quedaba mirando fijamente Las Meninas durante largo rato. Francis Bacon sintió una enorme admiración por nuestros grandes maestros, concretamente por Velázquez y Goya, los dos únicos pintores a los que quería ver cuando visitaba el museo. Del primero tomaría la perfecta distribución de los espacios. Del segundo, su visión del hombre.
 
La obra del irlandés es enigmática e inquietante. Sus cuadros fueron rechazados desde el principio, dentro de los círculos artísticos, tachados de siniestros, repulsivos y violentos. Sin embargo él siempre se defendió de estas acusaciones: “Si se piensa que mis obras son violentas, es que no se ha pensado previamente en la vida. No llego a ser tan violento como la propia vida”. Aunque aquí se intenta analizar el significado de su producción y los elementos que la componen lo cierto es que Bacon genera una iconografía propia a menudo indescifrable. Lo único indiscutible es que la pintura fue para el artista una manera de liberarse de sus fantasmas más íntimos y de dar forma material a sus obsesiones y fobias. Un claro ejemplo de la dificultad de separar la vida personal del artista de su creación.
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