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Henry Buckley:Vida y muerte de la república española

Refugiados, ayer y hoy.

07.09.2015
 "Yo, desesperado, no sabía lo que debía hacer. Regresé a la Junquera, el último pueblo español, y fui en busca del comandante. Me dijo entonces que doce bebés habían muerto aquella noche por dormir a la intemperie. Las calles estaban llenas de gente que dormía o que había pasado ya a mejor vida. Volví a la frontera y me dirigí a Perpiñán. Pensé que la ciudad entera se estaría preparando para recibir aquella oleada de refugiados, que las escuelas se estarían acondicionando para atenderles, que las iglesias habrían preparado cantinas y cocinas de campaña para dar de comer a toda aquella gente, que cines y teatros habrían suspendido sus funciones. 
Me equivocaba. Al llegar a Perpiñán pude comprobar no sólo que los cines estaban abiertos aquella noche, sino que, además, estaban muy concurridos. Y las calles se encontraban llenas de personas que paseaban, que hablaban, que se reían, que se divertían. Iban bien vestidas y parecían bien alimentadas. Entraban en los bares y en los cafés, y se dirigían a los music halls para contemplar el espectáculo de varietés que se ofrecía aquella noche. Desde la calle, podía oír la inconfundible música del acordeón francés. Aquel espectáculo era, en el fondo, mucho más tétrico y dantesco que el que acababa de ver en la frontera, porque estaba contemplando a una humanidad que había perdido el corazón, a unos seres humanos que habían dejado de ser humanos".
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