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Han Kang

Blanco

13.03.2020
Leche, azúcar, arroz, luna, hielo, nieve, sal. El blanco como color vacío, frío, pobre, frágil y hostil, que con la reflexión destacan también su plenitud, fuerza, eternidad y celebración. En Blanco, Han Kang habla de la vergüenza con la que ha convivido respeto el hecho de sentirse sustituta de una hermana que murió pocas horas después de nacer en brazos de su madre. Han ha tenido que soportar los ecos de aquellas súplicas—“simplemente no te mueras”— durante muchos años y es finalmente ahora que se enfrenta a la escritura y, por extensión, a la reconciliación consigo misma. La autora, que pasea por una ciudad de la Europa central, narra como el recuerdo se fusiona con el presente a través de experiencias sensoriales compartidas, sus magdalenas de Proust, que convergen en meditaciones sobre el paso del tiempo y el dolor, que no necesariamente todo lo destruye. Un testimonio que nos llega en forma de recopilatorio de viñetas de todo lo que nos devuelve a un pasado en el que se podría haber plantado cara a la muerte; un retrato de la absencia como infinito que, como las olas del mar, va oscilando repetidamente, demostrando a través de contrastes que todo, y nada, es siempre eterno.
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