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H. D. Thoreau cumple... ¡200 años!

Celebramos el bicentenario con muchos libros

08.05.2017
Los neorurales, los hippies, Patti Smith y la generación beat, el movimiento ecologista, el pensamiento libertario, las tribus urbanas y las contraculturas, el black power y la democracia radical... ¿qué puede tener esta curiosa mezcla en común? Pues que todos ellos se inspiraron en el legado que Henry David Thoreau dejó en las letras y el pensamiento fundador de ese país, ahora receloso de sus comienzos, que son los Estados Unidos de América.
Inconformista con la sociedad en la que le tocó vivir, siempre trató de huir de toda deuda -ya fuera ésta con el dinero, el trabajo o la familia- y se dedicó al estudio y a la conformación de una exigente ética como planteamiento necesario para una vida libre y con principios
Una vida, por otra parte, que no podría validarse más que desde su dimensión más práctica: de nada valen los principios si estos no nacen y se afirman en el conjunto de prácticas y de experiencias vividas. De hecho, si tuviéramos que remarcar uno de los aspectos cruciales del pensamiento de Thoreau sería, antes que cualquier otro, esa facilidad con la que nos presenta a la vida como un campo de experimentación, en el que la pregunta "¿por qué no?" vale más que cualquier miedo o impotencia. 
Así, leer a Thoreau nos expone a un virtuosismo ético y a una coherencia radical entre lo que se piensa y lo que se hace. La filosofía, en consecuencia, ya no es (o no solo) un conjunto sistemático de teorías que se puedan componer y consolidar en la sociedad de salones y fiestas burguesas, sino que se trata de un quehacer laborioso y artesanal, el trabajo propio del pescador que teje su red o del alpinista que prepara su cuerpo para la Gran Montaña. La filosofía es algo que se vive y que solo la vida, desde su dimensión más práctica, puede validar como verdadero. De alguna forma, la verdad filosófica de Thoreau -tan relacionada con el pragmatismo norteamericano- nace del conjunto de haceres que viven en armonía con el pensamiento ético que se promulga. 
De este modo, más que hacer un elogio general de la vida en el campo o de "lo rural", Thoreau nos grita a la cara la necesidad y el deber de cambiar nuestras vidas, pero como a cada una de ellas le sea más conveniente y sin renunciar jamás a la capacidad de experimentar, haciendo estallar el marco de posibles éticos en el que el sentido común las encierra.
De Walden a los diarios o a sus textos más políticos, como el del llamado a la desobediencia civil, no caben excusas, hay que leer a Thoreau y dejarse incomodar, revolver e inquietar, para llenarnos de la confianza y la alegría con las que nos deja mirar las cosas de nuevo.

*fotografía: Maximilian Le Roy/ A. Dan. Thoreau. La vida sublime
 

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