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Frank Maubert

El hombre que camina

29.06.2019
Existe una foto de Cartier-Bresson en la que aparece Giacometti en una calle desierta bajo la lluvia, encorvado, protegiéndose de la tormenta con la gabardina por encima de la cabeza. Esta imagen define perfectamente al artista. Un hombre humilde y sin vanidad abrumado por la búsqueda de lo  absoluto, siempre insatisfecho y consumido por la continua sensación de fracaso, que lo impulsa, a pesar de todo, a continuar hacia delante.
 
Después de transitar por varias fases creativas, y mientras los artistas de la época se lanzan a la abstracción guiados por las leyes del mercado del arte, Giacometti retorna a la figuración. En 1945, a su vuelta a Paris tras la guerra, se produce un punto de inflexión en su obra. Se aleja de las tendencias artísticas del momento y establece un estilo propio encarnado en El hombre que camina.
 
Vinculado a la corriente existencialista, su escultura más famosa, no solo representa al artista mismo, sino a todos nosotros. Un hombre solo y perdido que continua su marcha contra viento y marea porque una vez nacemos no nos queda más remedio que avanzar, encontrar un horizonte al que encaminar nuestros pasos y mirar siempre hacia delante, hacia el futuro aunque este sea incierto.
 

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