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Enrique Vila-Matas

Marienbad eléctrico

06.05.2016
Recordando la sucesión de espacios que componían la retrospectiva que el pasado año el Pompidou dedicó a Dominique Gonzalez-Foerster, uno se asombra ante lo impreciso que resulta rememorar la exposición partiendo de una idea tan genérica como la de «espacios». Sería más ajustado hablar de habitaciones o de cámaras; de una colección de estancias privadas a las que uno cree acceder furtivamente, aprovechando un descuido de la anfitriona. Huelga decir que nuestra presencia allí, en las salas de exposiciones temporales del prestigioso museo parisino, no dejaba nada al azar. La exposición había sido orquestada cuidadosamente y los que allí nos congregamos parecíamos atrapados bajo un raro influjo, entre la perplejidad y una profunda ensoñación, un estado similar al de aquellos pétreos huéspedes que habitaban los fastuosos salones y jardines del Marienbad evocado en la película de Alain Resnais. Con todo, ese deambular invocaba a cada instante la presencia de la artista: en la intimidad de los objetos y libros repartidos aquí i allá —¿acaso existe un objeto más íntimo que un libro?—, en el gusto severo que impregna sus instalaciones ambientales, o en su etérea presencia, en ocasiones travestida, siempre espectral. Puede que emulando una de esas siniestras figuras fantasmales que aparecen en algunas películas y que se entretienen persiguiendo a su protagonista desde la distancia, sin mediar palabra alguna y sin intención de abandonar a su víctima hasta que esta consiga resolver un complejo acertijo. La publicación de Marienbad eléctrico en Francia coincidiendo con la retrospectiva parecía destinada a convertirse en el remedio para esa insidiosa ilusión persecutoria. El libro de Vila-Matas prometía ser un antídoto sintetizado para deshacer ese hechizo que tan bien domina DGF y que se acomoda entre las capas de lo cotidiano para enrarecerlo.

Pero no, uno no tarda demasiado en descubrir que a pesar de la relación próxima y cómplice, a pesar de sus charlas en el café Bonaparte, también el escritor es una víctima, voluntaria por supuesto, de los trucos de DGF. Y que este libro no es exactamente aquel libro que uno creía tener entre las manos, sino algo de mayor calado y holgura. Aquello que se desentraña en estas cien páginas se escapa de los dominios del arte contemporáneo y penetra en la compleja materialidad del arte de la conversación. Unas conversaciones que son «más interesantes como experiencia que como imagen» y que sirven como base a un juego de pistas e intrigas, en el que nunca sabemos si es más valiosa aquella información que se oculta o aquellas ideas esbozadas, recomendaciones desafortunadas o pasos en falso, que se arrojan con la intención de desafiar la agudeza mental de aquel a quien admiramos tan profundamente. Es este poderoso vínculo creativo que muy de vez en cuando se establece entre dos individuos, aquello sobre lo que Vila-Matas nos habla aquí, y lo hace para recordarnos lo caprichosos que son los designios del azar, tanto más en cuanto se cruzan con los de la creación. En efecto, en esa primera entrevista a tres bandas oficiada por Hans Ulrich Obrist en la casa de veraneo de los Lorca, se fraguó una fascinación que desembocó en un fructífero intercambio de ideas en forma de correos electrónicos, encuentros, alucinaciones, pero también de silencios. Enriquecer nunca fue sinónimo de clarificar, y aquello que Vila-Matas se propone en estas páginas es enriquecer el universo extratemporáneo, futurista y a la vez sembrado de flashbacks, del que es dueña DGF. Este es el delicado testimonio de una perfecta relación de admiración, el recuento de una amistad que acoge la incertidumbre, el desencuentro y la objeción como ingredientes indispensables.

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