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Elizabeth Hardwick

Noches insomnes

03.04.2019
En ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, Jeanette Winterson reflexionó en torno a la condición de autor, y aseguraba que «los escritores suelen ser exiliados, extranjeros, fugitivos y náufragos». No obstante, en el caso de Elizabeth Hardwick, la escritura representa no tanto un lugar sobre el que marchar, sino un pabellón de reposo para la mirada. Esto último convertiría el ejercicio de la literatura en una herramienta transformadora de la realidad, para hacer del literato, testigo; y de su observación, un relato brillante, fruto de la vivencia en la más absoluta libertad. Su narrativa, plagada de referencias literarias –Jorge Luis Borges, Gustave Flaubert o Boris Pasternak–, describe un itinerario bravo y se enmarca en una tradición particularísima: la de reducir a cenizas el relato femenino impuesto por el canon, para inventar mientras se vive o, lo que es lo mismo, habitar el tiempo mientras se cuenta. Y sin rasgarse las vestiduras. Con todo, es casi una impostura el objeto-libro que presenta la editorial Navona: tapas rígidas, tela rosa, tipografía lapislázuli para el título. Sin duda alguna, puesta en escena que Hardwick hubiese deseado para sí.

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