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Conversación con Manuel Borja-Villel, de Marcelo Expósito

13.10.2015

En 2006 tuvo lugar la primera edición del PEI (Programa de Estudios Independientes) del MACBA. Para muchos de los que participamos en él, la noción de museo cambió considerablemente. De ser un espacio en el que tenían lugar exposiciones de arte, pasó a convertirse en un lugar de producción de conocimiento, aunque no siempre logró hacernos traspasar las fronteras de la recepción de contenidos. Durante los dos años que duró aquel campo de pruebas académico, muchos de nosotros apenas pisamos las salas de exposiciones del museo. Si traigo este hecho a colación es porque supone uno de los síntomas de la reconversión del museo en algo más que un lugar de exhibición y producción de arte. Quizás no sea nada nuevo afirmar que la producción de arte no se centra solo en las obras, sino que el arte contemporáneo abarca también un contexto en el que los discursos, relatos y actitudes son tan importantes como las obras, los artistas o las exposiciones que lo conforman.

Hace décadas, cuando Manuel Borja-Villel empezó su andadura como gestor institucional al frente de la Fundació Tàpies, no era común que los museos hablasen de arte. Una de las objeciones podría ser, precisamente, lo poco que se hablaba de arte. O el notable desinterés por parte del MACBA hacia el contexto artístico de la ciudad de Barcelona, que empezaría a ser invocado mucho después, cuando la disminución del presupuesto público «despertó» su atención hacia lo local.

La labor de Manuel Borja-Villel como gestor institucional es reconocida internacionalmente dentro de un panorama como el español, que se caracteriza por el estigma de lo nacional y la pésima gestión institucional. El hecho de reconocer algo no siempre implica su conocimiento, un posible motivo para entender el porqué de la publicación por parte de Ediciones Turpial de una conversación entre Manuel Borja-Villel y Marcelo Expósito. Otro motivo podría ser destacar su labor –acrecentando el mito– en un territorio cultural marcado por sucesivos escándalos y desastres museísticos, no en vano, uno de los efectos del boom inmobiliario fue la disparatada construcción de museos y centros de arte que priorizaban el hito arquitectónico sobre los contenidos. Más allá de las cualidades del museo propuesto por Borja-Villel, hay que tener en cuenta la desolada situación general en la que surge y que, sin pretenderlo, ha contribuido activamente a su elogio y reconocimiento.

Este libro, que aparece como «una biografía intelectual» del actual director del MNCARS, se presentó al público el pasado 1 de octubre en La Central de Mallorca. En el evento participaron diversos interlocutores que han acompañado a Borja-Villel a lo largo de su trayectoria profesional como director de la Fundació Tàpies, el MACBA y el MNCARS. Xavier Antich, Berta Sureda, Marcelo Expósito, el propio Borja-Villel y Mariano Martínez (presidente de Ediciones Turpial) tomaron parte en un diálogo más marcado por las anécdotas de tono celebratorio que por la dimensión crítica del libro. Casi todos ellos han estado en algún momento vinculados al departamento de programas y actividades públicas del MACBA o del MNCARS, lo que supone un reflejo de la política cultural de dichas instituciones bajo el modelo de museo propuesto, y llevado a la práctica, por Borja-Villel. El hecho de que Berta Sureda, actual comisionada de cultura del Ayuntamiento de Barcelona, mencionase este libro como una de sus futuras y principales referencias a la hora de trabajar en cultura desde la política institucional, es igualmente significativo de un incipiente cambio institucional que rebasa las fronteras del museo. Si tenemos en cuenta la honesta desatención del modelo Borja-Villel al contexto artístico de la ciudad en su momento, las buenas intenciones de este comentario podrían ser vistas como la continuación de un problema de equilibrios entre lo local y lo internacional, lo estético y lo político.

En una presentación a la que asistieron otros participantes del entorno de Borja-Villel, como Ferran Barenblit, que aquel día tomaba posesión del cargo de nuevo director del MACBA, se remarcó la transformación del museo en un espacio para la ciudadanía (que nunca ha terminado de sentirlo como un espacio propio) y no tan solo para el público del arte. Asimismo, se abordó la inclusión de otras disciplinas y otros agentes sociales a la hora de modificar y ampliar un pensamiento más cercano a lo político que a la historia de las ideas estéticas; la normalización de un tipo de vocabulario que alguna vez fue ajeno al arte (y que, a día de hoy, demuestra la fecha de caducidad de muchos neologismos); la institucionalización de aquellas prácticas de resistencia y la creación de estructuras anómalas dentro del museo (que ya no lo son tanto); la dificultad de entender en su momento lo que ahora se puede definir como «una práctica de urgencia»; la colectividad (anónima) de los nombres propios; la sensación de fracaso permanente por parte de Borja-Villel; o la responsabilidad hacia la institución que uno abandona, sin mencionar la situación posterior de ninguna de ellas, y estando muy presente el reciente escándalo de un museo como el MACBA, en crisis permanente durante la gestión de su siguiente director, Bartomeu Marí.

En un débil intento de desmitificación de los nombres propios (la individualidad del genio es una injusta y peligrosa reducción de aquello que también es de otros), se recalcó la dimensión crítica de un libro que no quiere ser recibido como un santoral del arte reciente. Esta advertencia contra la potencial recepción hagiográfica del libro, no obstante, subraya la existencia del mito en torno a la figura de Borja-Villel y su modelo institucional. Un modelo que, en el prólogo de Marcelo Expósito, sí se acompaña de una crítica a las políticas de gestión cultural en el territorio español, y de una contextualización socio-política del presente y el pasado reciente. Como sucede con todo aquello que pasa a formar parte de la historia, surge la duda de si esa historia que se presenta y actúa a la contra también participará de la exclusión y parcialidad de los relatos hegemónicos.


Sonia Fernández

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