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Ángel Vázquez

La vida perra de Juanita Narboni

23.12.2017
Para cuando, en 1976, se publica La vida perra de Juanita Narboni, su autor, Ángel Vázquez, ya había intentado suicidarse y vivía aferrado a una adicción al alcohol que terminó de destruirlo cuatro años después, solo, arruinado y renegando de su obra. Había ganado el Premio Planeta con su novela Se enciende y se apaga una luz (1962), pero el «malditismo» lo había perseguido hasta el día de su muerte.

La vida perra de Juanita Narboni se despliega ante el lector como un monodiálogo frenético, solo pausado entre la primera y la segunda de sus partes, y revela, probablemente, mucho más de la vida maldita de su autor que cualquier testimonio de sus contemporáneos: Juanita nace en el Tánger refugio de intelectuales de la década de 1940-1949, es hija de la mezcla de Málaga con Gibraltar, ama el cine y las vidas ficticias que en él se representan y odia la realidad de aquellos que existen a su alrededor. El discurso de Juanita se precipita desde dentro (sus pensamientos) y también desde fuera (sus conversaciones con los otros), pero para el lector no hay solución de continuidad.

Hay en ella, en Juanita, apegos muy feroces hacia su madre muerta y rencores no resueltos hacia su hermana independizada, pero sobre todo hay soledad, una sensación de vacío que no sabemos si conduce a la locura o más bien es consecuencia de ella.

Adaptada al cine en dos ocasiones por Javier Aguirre (1982) y Farida Benlyacid (2005), disfrutamos este año de una reedición en donde su lenguaje, o yaquetía, luce igual que la primera vez: acomplejada, envidiosa, celosa y maldita Juanita.

María López Villarquide

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