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20 años entre libros 

Sergi Pàmies, Javier Pérez Andújar, Enrique Vila-Matas y J.F. Yvars

08.03.2016


SERGI PÀMIES
 
La primera impressió no va ser bona. El terra cruixia a cada passa i semblava que fossis damunt d’un escenari o al museu de Toulouse-Lautrec d’Albi. Els altres visitants semblaven més cultes que tu i a la llibreria es respirava una atmosfera a mig camí entre la secta i la cèl·lula revolucionària. Com passa amb la tònica, vas haver de perseverar per trobar-li el gust. Aleshores eres més temerari a l’hora de comprar. Encara creies en el magnetisme d’un títol i en la ruleta russa d’encertar una bona lectura només pel nom de l’autor. Eren altres temps: compraves més perquè tenies més temps (i més energia) per llegir. Ara la lectura ha de competir amb tants estímuls que, quan el dimoni et tempta perquè et subscriguis a un canal intravenós de sèries i perquè abandonis l’anacronisme dels llibres, surts esperitat de casa i t’acostes a La Central com qui busca un refugi antiaeri. Hi arribes amb les forces justes però, quan sents com el terra cruix, saps que no et pot passar res dolent. I aleshores actues seguint un recorregut que ha de ser sempre el mateix (perquè canviar-lo et portaria mala sort): primer, un cop d’ull a l’expositor de revistes i després recórrer les taules de novetats en el sentit invers al de les agulles del rellotge i deixar-te portar per les marees pròpies de la llibreria. En acabat, quan en surts, t’has d’aturar a la cantonada del passatge per comprovar quins llibres t’has endut i intentar entendre per què has comprat aquests i no pas uns altres.
 

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JAVIER PÉREZ ANDÚJAR

La luz fue con lo primero que flipé al entrar en la librería. Estaba recién inaugurada, bueno, yo qué sé, unos meses, era nueva. Y se metía luz del día por todas partes. Era luz de verdad. Los libros a veces iluminan y otras arden. Quiero decir, que fue una iluminación que me dijeran que estaba esa librería en la calle Mallorca, a donde nunca iba para nada. Un sitio raro de L’Eixample. Desde entonces, llevo compartido un 40% de mi existencia con la existencia de La Central. He llenado mi cabeza mirando lomos en sus estanterías, me he dejado toda la pasta que he podido como un yonqui subvencionado. Me ha hecho soñar que soy cosmopolita llegando a su parada en un autobús de acordeón. He de reconocer que soy centralista en muchos aspectos.
 

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ENRIQUE VILA-MATAS
Humanidades en el semisótano.
 
Hace ya veinte años y unos días, un miércoles 24 de enero de 1996 tuve una breve reunión con Antonio Ramírez en el bar La Bodegueta, en el número 100 de la Rambla de Catalunya. No recuerdo nada de lo que hablamos, salvo que faltaban dos meses para inaugurar La Central y Antonio estaba preocupado por la recepción que pudiera tener la nueva librería, que para mí iba a estar situada en un tramo de la calle Mallorca por el que tenía la impresión de que no pasaba mucha gente, aunque nada de esto le dije a Antonio aquel día, sin duda para no preocuparle más; al contrario, le animé, con la fuerza del que sabe que no pierde nada por animar. 
 Les conocía a Antonio y a Marta de la librería Laie, aunque no había llegado a tener mucha familiaridad con ellos, debido principalmente a mi timidez. De este dato de la timidez me acuerdo porque, según me contara Marta poco antes de dejar Laie, mi padre había entrado un día en esa librería y, al decirle ella que yo era muy tímido, mi padre había dicho que él  en cambio no lo era nada.
Ese día en La Bodegueta imagino que con Antonio conversamos también sobre las palabras que José Francisco Yvars y yo teníamos que decir el 7 de marzo en la inauguración de La Central. Y creo que lo más probable es que Antonio, cuando le pregunté de qué podía hablar ese día, me dijera que de lo que quisiera. Porque sólo así me explico la nota de Emilio Manzano en La Vanguardia del día siguiente (Humanidades en el semisótano), donde se da buena cuenta de “la ceremonia de botadura de La Companya Central Llibretera” y se dice que en una intervención con dosis de humor extravagante –que el público supo apreciar en su justa medida- yo había hablado de que preparaba una novela en la que un señor se dedicaba a espiar a Graham Greene, a Salvador Dalí, a las mujeres, a su padre, a la eucaristía y a todos los franceses, sin excepción.
Pasados veinte años, volví  ayer a La Bodegueta con la intención de pensar allí in situ qué podía decir en este breve texto de celebración de la vida. Volví y me di cuenta de que, salvo esa estupenda bodega (que milagrosamente permanece idéntica a cómo era entonces), el resto de la gran acera a la que ésta pertenece –que incluía una tienda de discos genial y el no menos extraordinario cine Alexandra– ha sido sustituida por comercios de una vulgaridad aplastante. Dadas las circunstancias, quizás haya que celebrar ahora desesperadamente que La Bodegueta y La Central hayan sobrevivido y hoy, veinte años después, estén incluso mejor que entonces, indemnes –por lo que se ve-  al implacable curso de la destrucción que en Barcelona lo arrolla todo.  


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J.F. YVARS
 
Veinte años atrás, tuve la fortuna de participar en la inauguración de la librería La Central: una tarima improvisada nos sostenía a duras penas, pues actuábamos Vila-Matas y un servidor. Hoy La Central es sencillamente una estela cultural poderosa en el confuso horizonte letraherido que nos flanquea. Entonces, aventuré que aquel saturado espacio de cultura viva, abierto con intención y quizás osadía por una pareja de viejos amigos, Marta y Antonio, sería pronto una torre de Babel del libro, por la entonación políglota y cosmopolita de sus colecciones y un catálogo punzante. Cada sección valía por una librería especializada propia, o quizás una librería de librerías, por la versatilidad del proyecto y el alcance audaz de su estructura y maneras de hacer. Se reivindicaba una cultura sin adjetivos y de empeño interactivo.
Veinte años después, cuando sobrevivimos ilusamente instalados en un tiempo ahora, presente, de incierto porvenir y borroso pasado, el signo alerta de La Central ha resultado esclarecedor y los rojos estandartes gráficos que la diferencian en la calle puntúan y son la divisa de una ruta del saber activa, sorprendente y enigmática. Afortunadamente.


 
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