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Estética de la crueldad, de Fernando Castro Flórez

Enmarcados artísticos en tiempo desquiciado

Fórcola

Lunes, 25 de marzo de 2019, 19.00h La Central del Museo Reina Sofía
Fernando Castro Flórez estará acompañado por Miguel Ángel Hernández, escritor y crítico de arte, y Javier Jiménez, director de Fórcola.

Vivimos un tiempo desquiciado, en un mundo acelerado, donde el delirio impone su ley. En la era del tele-voyeurismo, enmarcados ante un poderoso desbarre adictivo, hemos pasado de la narcosis del ready-made duchampiano al hechizo catatónico del everyday life: sentados ante la pantalla, vemos pasar una vida cotidiana impregnada del espectáculo de la banalidad, verdadera pornografía, obscena en su nulidad, insignificante y aburrida. Una imagen que no representa nada y puede ser todo, como el Reverso de un cuadro –y, para rizar el rizo, en vertical– de Cornelius N. Gijsbrechts. En un momento en que la televisión y los medios de comunicación son cada vez menos capaces de dar cuenta de los acontecimientos (insoportables) del mundo, somos cómplices de una estética de la crueldad, al menos virtual, hechizados por lo frívolo de la existencia, el acontecimiento más mortífero o la actualidad más violenta. El marco excluye lo no pertinente, nos evita mostrar un afuera que nos perturbe, fascinados y aterrorizados por la indiferencia del no decir ni hacer nada.

Fernando Castro Flórez, autor del exitoso ensayo Mierda y catástrofe, repasa en este nuevo libro los hitos del arte contemporáneo: Cattelan, Broodthaers, Warhol, Manzoni, Michals, Jaar, o Creed. Vivimos atrapados en el exhibicionismo delirante de la propia nulidad, con una extraordinaria falta de pudor y un singular servilismo de las víctimas que participan, de una forma aparentemente gozosa, en el espectáculo de la humillación.  La «estetización de lo peor» carece de límites. Toda esa vertiginosa proliferación de «anomalías salvajes» puede ser la suma de una estetización perversa de lo anodino y la política del miedo, que también provoca un aburrimiento atroz. Buscamos experiencias singulares y lo que nos acecha desde el «marco» de nuestro muro «narcisista-computacional» no son otra cosa que los rastros de la parametrización hiper-panóptica, ese virtual tobogán deslizante hacia toda suerte de naderías.
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