Saltar a: Contenido � | Pie de la página � | Menú principal �


Batirse para demostrar lo evidente

Nunca hemos necesitado los buenos libros con tanta urgencia como ahora


«¡Malos tiempos, estos en los que hay que demostrar lo evidente!», dice uno de los personajes de Bertolt Brecht.

Que el abismo que separa a los más ricos respecto a la gran mayoría de la población se ha ido ensanchado enormemente durante los recientes años de crisis, es algo que casi todos reconocemos a la primera; pero para que la creciente desigualdad se haya convertido en el tema de la agenda política, ha sido necesaria la publicación de un libro: Le capital au XXIe siècle de Thomas Piketty, profesor de l’École d’Économie de París, una prolija investigación sobre la evolución de las desigualdades económicas en veinte países, desde finales del siglo XVII hasta nuestros días. 

Este denso volumen, más de mil páginas repletas de cuadros y fórmulas, encabeza desde hace semanas las listas de más vendidos en Francia y los EE. UU. y protagoniza buena parte de los debates.
Su objetivo no es tanto denunciar la injusticia que conlleva la concentración de la riqueza, sino más bien determinar con precisión su evolución histórica y mostrar los peligros que supone para la democracia.

La tesis es clara: cuando la tasa de rendimiento del capital es superior a la tasa de crecimiento de la economía, las rentas del capital crecen, los ricos son cada vez más ricos. La riqueza que se multiplica no es la que proviene del esfuerzo y del riesgo de los emprendedores, sino la de los herederos de grandes fortunas; durante los recientes años de crisis, estaríamos viviendo de nuevo una situación que ya predominó a comienzos del siglo XX. Una tesis que cuestiona uno de los dogmas liberales más reiterados hoy por nuestros políticos, según el cual las rentas del capital serían la merecida recompensa al esfuerzo y al riesgo asumido por emprendedores clarividentes.
Pero fijémonos en un detalle: ha sido un libro el detonante. Fruto de más de una década de investigaciones, con el tempo y el rigor justo del trabajo académico, en el formato más clásico del conocimiento humanístico, el libro. Ha puesto en evidencia que solo con información destilada y reflexiones profundas podremos combatir los muchos tópicos y eufemismos interesados que inundan el debate político. No con discusiones en crudo, ni con tertulias superfluas, ni con las crónicas sin perspectiva tan frecuentes hoy en los medios. No, ha sido un libro.

Nunca hemos necesitado los buenos libros con tanta urgencia como ahora. Que nos hagan reflexionar y nos ofrezcan metáforas frescas y nuevos puntos de vista, que nos alejen del lenguaje trillado, adormecido y mediocre que satura la esfera pública, que nos ayuden, si no a cambiarlo, por los menos a ver el mundo de otra manera.
Probablemente existen otras herramientas para imaginar la luz al final del túnel, pero ninguna será tan potente y noble como los buenos libros.
Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle publicidad relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continúa navegando, consideramos que acepta su uso. Puede cambiar la configuración u obtener más información en nuestra "Política de cookies".

Saltar a: Contenido � | Pie de la página � | Menú principal �