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Recorridos

El suplicio de Tántalo

Libros inconclusos

Escribe Kafka en sus diarios que la famosa Eduardova, bailarina del Ballet Imperial Ruso y gran aficionada a la música, se hacía acompañar a todas partes de dos violinistas que interpretaban pasajes de sus obras preferidas. Lo que más llama la atención de Kafka es el hecho de que estos recitales fueran ejecutados en el tranvía. Explica cómo, al principio, a todos los viajeros les resultaba raro, "todo el mundo parece fuera de lugar"; aunque "luego, en plena marcha, con una fuerte corriente de aire y en una calle tranquila, suena bonito". Kafka era brillante creando principios extraordinarios en sus relatos y esta anécdota de la Eduardova, que no pasó de apunte en su diario, muy bien podía haberse convertido en uno de ellos.

Tan precisos son los inicios en las obras del checo que, en multitud de ocasiones, no encontró la forma de otorgarles un final; es el caso de la llegada del agrimensor a la aldea sumida en la nieve. Parado sobre el puente de madera -que marca la transición hacia el interior de la historia-, K. trata de reconocer sin éxito, entre la niebla y las tinieblas, la silueta del castillo. En esta novela inconclusa los lectores quedamos desamparados, sin conocer el destino final del protagonista en el vano intento de acceder al castillo. Innumerables cuentos, novelas y entradas del diario de Kafka quedan suspendidas en mitad de una frase. Quizá no se equivoca Piglia cuando opina que el gran tema de Kafka es la interrupción, la postergación.

Las obras inconclusas niegan para siempre sus infinitas posibilidades, atrayendo hacia sí un magnetismo especulativo que nunca podrá ser resuelto por los lectores. Es imposible no preguntarse acerca de los rasgos expresivos que hubieran conformado el poema Kubla Khan, concebido durante un sueño de opio de Coleridge, de no haber sido éste interrumpido cuando trataba de transcribir los versos aparecidos mientras dormía; como sería difícil dilucidar el resultado de la monumental novela de Musil, El hombre sin atributos, que tras la muerte del autor quedó huérfana con mil quinientas páginas y un material adyacente en torno a diez mil.

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