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Tony Judt

Cuando los hechos cambian

14.05.2015

A Tony Judt le echan de menos incluso sus enemigos. «La guerra de las ideas no es lo que solía ser», viene lamentando el liberal Leon Wieseltier en relación a la ausencia de los artículos de Judt, fallecido en 2010, y en general a la falta de profundidad en los analistas de Oriente Medio. En 2003, Judt había lanzado un texto incendiario, «Israel: la alternativa», que trajo de cabeza a todos los opinadores del conflicto. Es uno de los artículos que ha recogido Jennifer Homans, la que fuera su mujer, en la antología que ha comisariado bajo aquella cita atribuida a Keynes: «Cuando los hechos cambian, yo cambio de opinión. ¿Y usted?».

Judt fue hombre de cambios profundos. Judío y laico, se fue para volver del sionismo, pero entre medias le dio tiempo a alistarse para servir en la guerra de los Seis Días. Allí fue conductor y traductor, que en alcance bélico viene a ser como colarse en la mansión de la Historia por la casa de invitados. Acunó la historiografía de izquierdas, pero no tanto. Fueron legendarias sus críticas a la intelectualidad francesa, a la que acusó de silencio soviético ante el títere de Vichy. Lo contaba en Pasado imperfecto, un libro que le causó no pocas simpatías a Vargas Llosa, que sabía de lo que hablaba al afirmar que «lo que entonces nos parecían los grandes fastos de la inteligencia eran, más bien, los estertores de la figura del intelectual».
Es curioso que Judt terminara por erigirse en intelectual. Con Hobsbawm, al que llamó de todo menos socialdemócrata, mantuvo una pugna de alto vuelo. Cultivaron una admiración mutua, una rivalidad de detalles. Formaron la extraña pareja de los historiadores de izquierdas. Judt le señalaba los tics bolcheviques y Hobsbawm le respondía con insultos: forense, instigador, abogado. Fueron dos historiadores totémicos, coincidentes más allá de la superficie, y con dos maneras no tan distintas de abordar el mismo interés, el del compromiso por legar a la sociedad «una narrativa coherente y consensuada de su pasado».

Aún en el desacuerdo, Judt es un cronista estimulante. De polémica fina y siempre alerta al examen biempensante, sembró de miradas sospechosas la segunda mitad del XX desde su cátedra neoyorquina. Su desánimo hacia Occidente se acentuó tras la caída del Muro. Y aún más tras el 11 de Septiembre. Europa siempre representó para él el epicentro de todos los acontecimientos de relieve. Tan europeísta se consideraba que llegó a nacer en Londres.

En nuestro país, pese a su corto recorrido, Judt asoma ya como uno de esos observadores de cabecera tan apreciados en las tertulias. Y es que en España, rigor equivale a ausencia de bando. Desde 2006 se vienen sucediendo una decena de ediciones, más o menos póstumas, de sus textos más influyentes, todos bastante bien acogidos. Hace tres libros, Pensar el siglo XX logró la unanimidad de la crítica. Un millar de páginas que desnudan la lucidez de un moribundo. Una reflexión imponente, sobria, humana, surgida de las conversaciones con su colega Timothy Snyder. Un texto, que ya escribieron otros, que respira la conciencia reposada de quien deja un testamento.

Su marcha fue prematura, aún más en términos de historiador, pero su legado es honesto, agudo y mordaz. Acerca la Historia a donde debe estar, entre la gente. En sus textos no buscó elevación, trató de ser llano y legible. Un libro de historia mal escrito es un mal libro de historia, se dijo en alguna parte. Se sintió escritor antes que historiador –si es que debemos respetar la diferencia– y mantuvo una franca consideración por su oficio. «Uno no puede escribir con la vista puesta en el impacto o la respuesta. De ese modo distorsionas esta última y corroes la integridad del escrito mismo. En ese sentido, es como lanzar algo hacia la Luna: hay que calcular que ya no estará en el mismo sitio cuando el cohete llegue allí. Antes que nada es mejor saber por qué lo estás lanzando y preocuparte menos por que tenga un aterrizaje seguro […] Tampoco puede uno prever el contexto, en un futuro sin restricciones, de los motivos de los lectores. Así que lo único que puedes hacer es escribir lo que debas, signifique eso lo que signifique. Un tipo de obligación muy diferente».

 

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