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Sergio del Molino

La España vacía

20.07.2016
La reescritura mitológica del franquismo sigue siendo, caiga quien caiga, una de las tareas pendientes de la intelectualidad española reciente. La estimulación democrática no logró motivos suficientes para discutir la identidad nacional que décadas de dictadura habían requisado. La cultura y sus representaciones se fueron constituyendo como antiespañolas en su intención de distanciarse de aquellos que se habían apropiado de lo español. El esfuerzo apátrida tuvo un alto precio, y no solo se perdió una guerra, se perdió un país. Los imaginarios simbólicos asociados a los conceptos nacionales se ensamblaron con la misma palabra. España ha sido para siempre su España.

A del Molino debemos agradecerle de entrada las intenciones: “Los novelistas franceses escriben sobre Francia, los norteamericanos sobre Estados Unidos... Y los españoles hemos renunciado a escribir sobre los españoles por diversas razones, probablemente la mayoría de ellas legítimas. Yo intento retomar esos puentes rotos, que creo que están rotísimos. Y volver a una narrativa que vuelva al ser español. Yo escribo para los españoles del aquí y del ahora”.

La constatación de su “España vacía” es que a gran parte del territorio patrio le sigue faltando un relato que reajuste sus cuentas con el pasado. Es la zona menos iluminada, donde las velocidades de reconstitución identitaria han tenido otro ritmo, diferente al de las grandes ciudades, que debieron acelerarse debido a las exigencias europeas. La migración interna y sus consecuencias, lo que del Molino denomina “Gran trauma”, abrió también de algún modo la disputa en el terreno discursivo y cultural. Sobre la mesa, los mitos castizos de la hispanidad, establecidos por el 98 y recuperados después por el franquismo.

Del Molino observa primero y reflexiona después. Esto le sitúa en una posición mejorada, y le aleja de la simpleza moral con la que se ha mirado siempre la ruralidad desde las capitales. No en vano, parte de la reflexión es epistemológica. La España vacía ya es un punto de vista. El de la mirada desde la centralidad. Desde la necesidad histórica de una España llena. Así, el autor toma distancia porque la tiene; es la distancia real que separa campo y ciudad si tomamos la cuestión sin reducciones. Esta falta de abreviaturas es lo que le da franqueza a su mirada, que se construye con un porte cercano a los denominados Estudios Culturales: lingüística, antropología, primera persona, cultura popular, crítica literaria y referencias cinematográficas.

Ensayo de tesis, de consistencia acientífica, se lee del mismo modo que ha sido concebido (“escribo desde la ignorancia feliz del diletante”). Su especulación se vuelve poética, transeúnte, y el texto regatea del mismo modo que aquello que explora. De la manera colectiva desde la que se conforma lo sentimental. "La España vacía está en los mitos domésticos y está en la literatura. Por eso no es un territorio ni un país, sino un estado mental".

 

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