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Sara Mesa

Cicatriz es una metáfora doble: de la imperfección y de la culpa

20.05.2015

Conversamos con Sara Mesa sobre su universo narrativo y sobre Cicatriz, su última novela publicada; se confirma como una de las voces más importantes de la nueva narrativa española.

Jesús Casals: ¿Cómo nació o qué te inspiró a escribir esta historia en la que tratas temas y obsesiones como la de los robos o las relaciones humanas de dependencia y poder?
Sara Mesa: Uno nunca sabe muy bien de dónde nacen las historias. En todo caso, los temas que planteas son lo suficientemente dúctiles como para permitir hablar sobre la ambigüedad de ciertos límites. ¿Qué es robar? ¿Quién roba más? ¿Quién ostenta el poder en una relación? ¿En qué momento el amor se convierte en dependencia? Y también uno de los grandes interrogantes en esta novela: ¿acaso hay algo gratis?

J.C: La protagonista, Sonia, entra anónimamente en un chat literario pero enseguida expone gran parte de su intimidad. ¿No es paradójica esta dualidad que provoca internet, o solo así has podido construir la relación entre los dos personajes?
S.M.: En otros sitios he dicho que internet o el mundo virtual es un asunto secundario en relación a mi novela. Obviamente funciona como telón de fondo, pero lo que de verdad me interesan son los procesos de enmascaramiento. Más que contar su intimidad, lo que hace Sonia es exponer parte de ella, ofrecer un perfil de sí misma basado en una construcción ficcional (en parte, lo que Knut espera de ella). Y es cierto que este fenómeno se produce con frecuencia hoy día en las redes.

J.C: La actitud de Sonia de no querer, pero seguir con la relación virtual con Knut, está llevada hasta las últimas consecuencias. ¿Tan anodina es la vida normal de una persona aparentemente convencional, casada y con un hijo? ¿Por qué crees que prosigue la relación?
S.M.: No es tanto que sea anodina –calificación subjetiva, según quien juzgue esa vida– como que a ella se lo parece. Sonia es una persona con ciertas capacidades e inquietudes, que tiene la necesidad de vivir experiencias distintas, y Knut colma al menos esa parte, la de darle un grado de exotismo o de novedad a su rutina. El problema comienza cuando él también exige algo a cambio, su peaje.

J.C: En la página 157 hay una cita de Proust que afirma que «la mentira es esencial porque la verdad es incomunicable». ¿Crees que los personajes y, en general, las personas necesitamos fingir para poder convivir con los demás?
S.M.: No creo que sea necesario y, es más, diría que es insano. Ahora bien, está en nuestra naturaleza, y de esto trata, entre otras cosas, la novela.

J.C: Hay en tu lenguaje y en las situaciones descritas cierta violencia implícita, de retrato crudo de las relaciones humanas. Como lectores nos incomoda. ¿Qué pretendes provocar en el lector? ¿Piensas en él mientras escribes?
S.M.: La verdad es que no. Pienso en los lectores después, y en ese momento la que me siento incómoda soy yo, porque siempre pienso que me van a malinterpretar. En realidad, no escribo para provocar, ni para consolar, ni para disgustar, ni para dar respuestas y, ni siquiera, para plantear preguntas. Escribo, creo, por una remota necesidad de contar historias, y las historias que cuento me sirven para tratar de entender el mundo, de poner cierto orden. Es un proceso personal que, paradójicamente, solo se completa cuando soy leída. En fin, es un lío. 

J.C: Los primeros robos del personaje masculino, Knut, están centrados únicamente en libros que luego regala a Sonia, a la que ha conocido en un chat literario. ¿La lectura y los libros tienen un sentido romántico en todo este juego emocional entre los personajes? ¿O es un producto comercial más?
S.M.: Marca la peculiaridad de ambos personajes y de su relación. Hay miles de personas que roban videojuegos y perfumes, pero no hay tantas que roben libros (y además esos libros en concreto) y que los regalen como manera de enganchar y «educar» a la otra persona. Me gustan las historias con ese punto distinto, extravagante quizá, pero verosímil. Al mismo tiempo, es cierto que la lectura (los libros) se convierten aquí en un objeto más: no solo un producto robado, sino también el gancho que permitirá que la relación no se estanque.

J.C: En la recurrente dicotomía entre realidad y ficción (o entre la vida en la calle y lo que ocurre en internet), ¿crees que hoy en día solo nos hace sentir vivos la adrenalina que producen actos como los de robar o las relaciones desiguales de sumisión e imposición?
S.M.: No, ni mucho menos. Creo que eso, más que la sensación de estar vivos, produce angustia, infelicidad y desazón... No hay más que ver cómo se sienten mis personajes.
 
J.C: Ambos personajes acumulan productos robados hasta el exceso y el aburrimiento. Sin embargo, a ninguno de los dos les parece importar tanto la acumulación como la idea de tener acceso a todo esto sin coste económico. ¿Es un absurdo de la sociedad del consumo?
S.M.: Sin duda: se trata de consumir para consumir más. El mismo Knut hace una reflexión al respecto: si el componente para que un regalo funcione es la sorpresa, ¿cómo hacer para sorprender a Sonia cada vez? Evidentemente, es a costa de exigirse a sí mismo un nivel de eficacia y de tensión casi insostenible, robando cada vez objetos más lujosos. En cuanto a ella, se pregunta: ¿por qué tiene que gustarle una chaqueta de Armani? ¿solo porque cuesta 500 euros?
 
J.C: Apenas aparecen personajes secundarios, como el marido, el hijo y una de las amantes de Knut. ¿Qué función cumplen en el desarrollo de la trama?
S.M.: Una función meramente instrumental, que me permitiera el avance de los protagonistas. Esta es una novela de dos personajes, sostenida solo con ellos dos, y es más, sostenida no en lo que les pasa, sino en lo que piensan. Lo externo a ellos no es que no exista, pero preferí insinuarlo, sobreentenderlo, y centrarme en la psicología de ellos dos.

J.C: Hay mucho deseo y sensualidad en la relación entre los personajes, pero sin cruzar nunca la frontera de la sexualidad. ¿A qué se debe esto, a una idealización extrema, o simplemente es miedo a que termine el juego?
S.M.: Es el juego de la fantasía y de la irrealidad, que en su extremo máximo deriva en el fetichismo. En el amor siempre existe un cierto grado de idealización, de construcción del objeto amado, y es normal, pero aquí esto se lleva al extremo.
 
J.C: Sin desvelar nada de la trama, ¿la cicatriz es una metáfora?
S.M.: Sí. Además, es una metáfora doble: de la imperfección y de la culpa.
 
J.C: Knut insiste mucho a Sonia en que tiene talento para escribir, y la incita continuamente a que dedique tiempo a ello. Con perseverancia, ¿puede nacer la vocación por la escritura?
S.M.: Bueno, la vocación debe estar antes, porque si no, no es posible ser perseverante. Pero sí, estoy con Knut en que la perseverancia es esencial para alcanzar cualquier meta. El orden sería vocación más perseverancia más talento, y el resultado, aún así, no está garantizado.
 
J.C: Algunos temas y ubicaciones aparecen en otras historias tuyas, y podríamos pensar que algunos personajes podrían habitar en otras historias que has escrito, como si todo ello formara parte de una gran novela. ¿Consideras que tus obras forman parte de un único universo literario?
S.M.: Es posible. Mira, esto lo ven más claro desde fuera los lectores. Y sí, parece que hay un esqueleto común en todo esto. A veces tengo miedo de repetirme e intento contar las cosas desde otro ángulo, y al final, zas, vuelven a salirme otra vez los mismos temas.
 
J.C: En algunas de tus obras anteriores, la ciudad tiene un importante papel en la ambientación de las historias, con cierto aire apocalíptico. ¿Cómo es Cárdenas, la ciudad literaria, cuando piensas en sus suburbios, calles y personajes que la transitan?
S.M.: No es nada del otro mundo, en realidad, no es ni mucho menos un territorio mítico. Es, si acaso, la representación de una ciudad occidental media contaminada por la globalización, a saber, los centros comerciales, los parques temáticos, los centros turísticos peatonalizados, las periferias obreras.

J.C: En el libro se citan muchas obras y escritores como Onetti, Clarice Lispector, Proust, Flaubert, etc. ¿Cuáles consideras que son tus referentes literarios como lectora y como escritora?
S.M.: Muchos, tantos que no soy capaz de enunciarlos. Pero a día de hoy sigo asegurando que el rey es Faulkner. Ojalá haya quedado en mí, tras leerlo, una miguita, aunque solo sea una miguita, de su increíble talento.

J.C: Has contado en algunas ocasiones que te han publicado sin necesidad de contactos, favores ni postureo en las redes sociales. ¿Qué te parece y cómo vives el mundo literario español actual?
S.M.: Lo vivo con tranquilidad, y un poco desde la periferia (vivo en Sevilla), aunque obviamente, en estos últimos años, he hecho muy buenos amigos escritores, y muchos de ellos han sido muy generosos conmigo. Como en todos lados, hay de todo. Lo que hay que hacer es no meterse donde a uno no le gusta estar... no me parece lógica la actitud de los que se quejan todo el día de esto o de lo otro (favoritismos, crítica vendida, premios amañados, injusticias varias), pero luego quieren figurar los primeros. 


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Cicatriz no es la típica historia de chica conoce a chico, no. Ni trata de cómo las relaciones por Internet son más fáciles de establecer cuando uno se escuda en el anonimato y la lejanía física que facilita cualquier chat o foro virtual. No, eso está ya muy visto. Y, puestos a negar prejuicios, tampoco estamos ante la enésima novela de una joven narradora de futuro prometedor para las letras españolas. No, todo esto no es Cicatriz. Porque la historia que se cuenta, la anécdota, la inventiva de la trama, no puede despistarnos de que nos encontramos ante una radiografía brutal de la sociedad del consumismo en la que vivimos, de los vínculos personales que establecemos fruto de nuestras debilidades y ansias y, sobre todo, de un trabajo literario y una escritura magistrales de una escritora que ha encontrado su voz y su estilo, para la grata sorpresa del lector.

Es imprescindible tener en cuenta todo esto para comprender la historia de Sonia, una joven que vive en una ciudad de provincias cualquiera, que trabaja en una aburrida y rutinaria oficina en la que apenas aporta nada de sus habilidades y que, un día, contacta en un foro literario con un misterioso Knut Hamsun. La novela recorre durante siete años la relación de ambos en el ámbito virtual pero también en el real, con algunas visitas de ella a Cárdenas, la ciudad donde vive él (en la que «late la violencia de la rapidez y la amalgama»). Para Sonia supone llevar una doble vida, compatible al principio con un marido y un niño, muy necesitada de emociones un poco más fuertes que Knut le proporciona: regalos constantes y generosos de libros, perfumes, zapatos, vestidos... robados exclusivamente para ella en centros comerciales en los que ha logrado esquivar todo tipo de controles de seguridad. A cambio, afirma él, de tan sólo su atención: nada de amor, ni sexo, ni más intimidad que la que le confieren las cartas y los correos electrónicos.
Pero, ¿qué ocurre cuando ella, asfixiada por la relación, quiere alejarse de todo eso? ¿Es lícito que una reciba tanto y el otro tan poco? ¿Qué tipo de relación duradera puede surgir de un intercambio así? ¿O tal vez es la manera que tienen de satisfacer sus deseos más oscuros? A lo largo de la lectura, las preguntas van en aumento, porque esta no es la típica historia de chica conoce a chico, sino de la cicatriz que queda cuando se acaba el juego y asoma la culpa.


 
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