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Robert Gerwarth

Los vencidos

13.07.2017
La Primera Guerra Mundial no terminó con el armisticio de noviembre de 1918. Durante los cinco años siguientes, en Europa Central, los conflictos no cesaron. Los imperios que colapsaron al final de la guerra habían acogido durante siglos a grupos culturales diversos, conviviendo en un mismo territorio; fueron tolerantes con las minorías étnicas y religiosas y con la pluralidad de lenguas. A partir de 1919, todo cambió. Los grupos nacionalistas de derecha hablaban de la guerra como el sacrificio sangriento necesario para el alumbramiento de una nueva nación: cohesionada, racialmente homogénea, depurada de todos los enemigos internos, extirpados todas las señales de debilidad. El legado fatídico de la Gran Guerra fue la lógica de violencia extrema que impregnó los conflictos nacionales a partir de esos años: desplazamientos masivos y forzados de población, exclusión de derechos para las minorías y rechazo a la democracia. La división entre combatientes y no combatientes, reconocida por el derecho internacional, se rompió, y el adversario pasó a ser otro grupo nacional en su conjunto, que no merecía piedad ni mesura militar. Si a ello se añaden las ideas nazis sobre la lucha entre razas, se obtiene la brutalidad que desplegarán los alemanes a partir de 1941 en el frente del Este.

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