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Peter Brown

Por el ojo de una aguja

13.02.2017
El período que transcurre tras la adopción del cristianismo por Constantino y la muerte del último emperador romano, suele ser visto como una época dominada por el conflicto entre paganismo y cristianismo. Un momento de tránsito en el que los cristianos, desde su condición de secta perseguida y mediante una labor proselitista incesante y expansiva, habrían ido ganando terreno hasta convertirse de perseguidos en perseguidores; de paso, habrían minado en su base la capacidad de las instituciones políticas y militares romanas para resistir al acoso de las huestes bárbaras. Pero las cosas no ocurrieron de manera tan simple. Peter Brown ha dedicado cuarenta años de investigación al estudio de esta época convulsa, a la que ha llamado «antigüedad tardía», y sus libros nos muestran la enorme complejidad del proceso que llevó al acenso final  del cristianismo y al desmoronamiento del Imperio Romano de Occidente.

El hilo conductor de Por el ojo de una aguja es la «semiótica de la riqueza»: el contraste entre los significados y los usos de la riqueza material entre los nobles tardoromanos y los nuevos preceptos y prácticas que propugnaban los líderes cristianos. El análisis se despliega en una doble dirección.

Por un lado, el papel del altruismo, el «evergetismo», en el funcionamiento de las instituciones romanas tardías. Los dones cívicos, los obsequios de los nobles paganos a la ciudad en forma de construcciones y festejos, el intercambio de favores y reciprocidades debidas entre los senadores romanos y los nobles de las ciudades periféricas, constituían el combustible esencial que movía la tupida red de clientelismo y patronazgo característica del mundo social romano, y base de la cohesión social. Siguió siéndolo muchos años después de la conversión de Constantino. 

Por otro lado, a partir del pensamiento de ciertas figuras clave del cristianismo del siglo V –Ambrosio, Agustín, Jerónimo, Prisciliano, Paulino de Nola, entre otros–, Brown analiza cómo se fue configurando el nuevo concepto cristiano de la caridad: el precepto evangélico según el cual el creyente debe renunciar a los bienes mundanos, traducido ahora como la obligación de desprenderse de la riqueza personal para cederla a las nuevas congregaciones conventuales; dar a los pobres para restituir la riqueza al Cielo, de donde proviene, pero pasando antes por las arcas de la comunidad. El excedente de bienes materiales ya no fluye de los nobles muy ricos a la ciudad y de esta al Imperio; ahora va de los ricos y no tan ricos a las corporaciones religiosas. Un proceso que paulatinamente debilitó las viejas lealtades romanas y fortaleció a las nuevas instituciones cristianas. Cuando pasó la destrucción provocada por los ejércitos godos de Alarico y con ella llegó el crepúsculo del Imperio, el cristianismo había alcanzado ya la masa crítica y sus instituciones estaban suficientemente articuladas como para  tomar el relevo y consolidarse, ahora en un mundo fragmentado, dando la espalda a las ciudades, concentrándose en conventos y monasterios y bajo el gobierno de terratenientes aislados. 

Con una prosa amena y brillante, siempre muy docta, con una mirada humana y empática cuando se acerca a las circunstancias de sus personajes, Brown analiza la riqueza «como un médico utiliza un estetoscopio», escuchando los latidos de los órganos internos del Imperio, la Iglesia y la vida cultural en un período de transición denso y agitado, una etapa en la que se construyeron las bases de lo que mucho tiempo después llamaríamos Occidente.

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