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Leïla Slimani

La canción dulce

16.04.2017
La canción es dulce, el despertar brutal.
Atroz.

Por la ventana se adivina a una niñera, Louise, acompañada de los dos niños a los que cuida. Una familia parisina que vive en un apartamento pequeño pero amueblado con gusto en el que vive una pareja moderna, con sus dos niños. Con ellos, Louise se olvide de su pasado, de su vida miserable. Comparte risas y juegos con los niños. Prepara unos platos suculentos, lleva a los niños al colegio, al parque, les compra regalitos, limpia y ordena toda la casa, hasta se va de vacaciones a Grecia con la familia Massé. Vive por y para ella. Es la niñera ideal. Poco a poco se vuelve imprescindible para los niños y para los padres. Pero Louise no es una santa. Es una loba bajo una piel de cordero. Es una mujer fría. Solitaria. Abandonada. Frágil. Enferma.

Más que un thriller, es una fábula trágica y moderna. Desde las primeras líneas ya tenemos las cartas sobre la mesa: ha sucedido una desgracia a los niños y sabemos que Louise es la autora del crimen. La fuerza de la autora es que no toma partido, sólo nos cuenta los hechos. Es capaz de revelarnos suficientes elementos para que podamos imaginar el crimen guardando un halo de misterio sobre el grado de locura y las motivaciones de la asesina. Canción dulce habla de diferencias sociales y de poder, con sutileza. De cómo un alma, enferma llega a hechizar con maldad un espacio familiar hacia cometer el drama último por miedo a no poder formar parte de un mundo que no es suyo. De un mundo que le cierra las puertas. La prosa de la autora es sobria, contenida, con fuerza, de la que excluye cualquier sentimentalismo.

El Goncourt 2016 merecido para Leila Slimani con un drama psicológico un tanto molesto por ser tan perfectamente realista.

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