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Laura J. Snyder

El ojo del observador

08.03.2018
Aproximación minuciosa y detallada, como no podía ser de otro modo, a las biografías de Johannes Vermeer y Antoni van Leeuwenhoek. Nacidos a escasos metros uno de otro, bautizados en la misma iglesia y enterrados en tumbas contiguas, vivieron siempre en la tranquila ciudad de Delft, a mediados del siglo XVII, cuando los Países Bajos alcanzaron una época de esplendor admirable: en una creciente prosperidad, entonces se fraguaron algunos de los principios más valiosos de la modernidad: la tolerancia religiosa, el pluralismo político y el respeto por el individuo.

Aun cuando concentraron sus esfuerzos en ocupaciones diversas, ambos se dedicaron a crear instrumentos ópticos que permitieran observar la naturaleza de manera más precisa. Van Leeuwenhoek, experto en el pulido de lentes, fabricó potentes microscopios que le permitieron descubrir los espermatozoides y las bacterias. Vermeer utilizó lentes, espejos y cámaras oscuras para analizar los efectos de la luz, las sombras, los colores y la perspectiva  en la representación del espacio. Ambos querían acercarse al mundo tal como es, abandonando cualquier idea preconcebida, imbuidos como estaban en el nuevo espíritu de su época. Con sus trabajos, fueron, al mismo tiempo, producto e impulsores de la revolución científica y, sobre todo, contribuyeron a inventar una nueva manera de ver el mundo.

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