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Julio Cortázar

Sigimposos y explúritas

14.04.2017
Y al abrir el libro de Cortázar, desde el inicio todo queda claro y meridiano: pameos sigimposos vienteando las páginas pares, meopas explúritas las impares, ilustrados cada tanto con la almarantía de un ilustrador como Pablo Auladell, que escueta y rozangea haciendo honor al tópico latino ut pictura poesis. Tanto ilustrador como poeta, verdaderos banausos del pincel y la pluma, dialogan con sus manos, como si en realidad quisieran amalabarse los noemas de manera anacrónica.

¿Qué queremos decir con todo esto? Muy sencillo: Cortázar dispone de un material fresnoso a la hora de confeccionar sus tentativos pameos y sus explúritas meopas, y eso exige que tengamos la pumilla preparada, el oído fresnesiado, la garganta gurgurbitante. Y, por su parte, Pablo Auladell no nos exige menos en su terreno. Sin gunflir más mucho, y dejando que la experiencia sonoro-visual nos escamonde el pabellón y la aureola por cuenta propia, podemos asegurar que alcanzaremos un expluro; aun dependiendo de la mitocónada de cada cual, sobrepasarán los límites del manteso conocido, eso seguro.

Si recaer en hidrójares con gusto: 2 pameos y 3 meopas; si restanar las metapelusas como si las restanásemos por primera vez: 3 pameos y 2 meopas; si ensedar lo inensedable en un grimado definitivo: cuarto y mitad de pameos y mitad del cuarto de meopas; si redumplir hasta quedar tendido, con la mirada perdida: 1 pameo salado y 1 meopa dulce; si jarenawer con Juan Alegría tocándote el bandolión: empezar tímidamente con pameos y seguir de manera preliciosa con meopas cuando el cuerpo lo pida.

Al cerrar el poemario de Cortázar, recuerda pestañear.
 

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