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​Joy Williams

El hijo cambiado

15.04.2017
Pearl es una madre primeriza que ha huido de su casa y de su marido –un sujeto que ejerce sobre ella una misteriosa fascinación– llevándose consigo a su hijo Sam, un bebé de dos meses, en una extraña isla poblada por unos pocos habitantes unidos por una complicidad insólita, de origen oculto. Un accidente imprevisto la obliga a volver y a integrarse en la comunidad.

El hijo cambiado transita, a menudo, por el pasaje de la alegoría: el relato de los sucesos es estrictamente realista, pero su naturaleza intrínseca parece remitir no a hechos ocurridos en realidad, sino a imágenes ocultas que pueden ser percibidas por los personajes pero que la voz narradora parece ignorar y denegar el acceso al lector. La misma caracterización de los personajes posee también esa propiedad: por académica que sea la frialdad con que son retratados, no puede evitar que provoquen en el lector un sentimiento de extrañamiento, como si no concordaran con personas reales.

Esa disparidad también es explotada a lo largo de la novela para los hechos que relata, y despierta en el lector la duda de si todo lo que se le está contando es real o imaginado. La dificultad que parecen experimentar los personajes para discernir entre realidad e imaginación se traslada, debido al tono del narrador, al lector, y esa nebulosa es el principal mérito de la novela. Una nebulosa que contiene una extrema violencia implícita, cuya escalada final acaba en una orgía de muerte y destrucción –y, formalmente, en una orgía del lenguaje que, como la historia, se desarticula y se reduce a su mínima expresión– en la que, al final, cada personaje alcanza su verdadera dimensión, esa que quedaba oculta detrás de las formas, y en la que se materializan todas las venganzas pendientes.

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