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Josep Fontana

El siglo de la revolución. Una historia del mundo desde 1914

01.06.2017
«Que Dios nos conserve para siempre el comunismo» decía Karl Kraus. A él, las ideas comunistas le tenían sin cuidado pero las apreciaba como «amenaza constante sobre las cabezas de los que poseen riquezas… para que esta chusma no se vuelva todavía más desvergonzada… y para que, por lo menos, cuando se vayan a dormir sufran pesadillas».

De las pesadillas que la revolución bolchevique provocó en las clases dominantes de todo el mundo, trata este libro: un siglo de miedo a la revolución.

Cuando los bolcheviques tomaron el poder, en octubre de 1917, pareció de pronto al alcance de la mano la posibilidad de construir un nuevo sistema económico y social: el socialismo, un mundo igualitario, sin injusticias ni explotación, el sueño de miles de trabajadores en todo el mundo. No obstante, consolidar el nuevo estado no fue tarea simple. Se desató una cruenta guerra civil que causó millones de muertos y la destrucción completa del país. Inglaterra y otras potencias se emplearon a fondo apoyando a los ejércitos «blancos» para tratar, sin éxito, de expulsar a los bolcheviques del poder.

El proyecto comunista despertó admiración y fascinó a sectores muy amplios de las clases trabajadoras en todo el mundo. Aterrados por las consecuencias del posible contagio, en los años posteriores a la Primera Guerra, los gobiernos procuraron erradicar de la forma más expedita todos los movimientos de izquierda fueran anarquistas, comunistas o simples simpatizantes socialistas. En el período de entre guerras, el fascismo surgió como una respuesta organizada y sistemática que buscó, y casi siempre logró, frenar todos los experimentos de emulación o acercamiento a la vía soviética.

Con el New Deal, Roosvelt intentó una respuesta alternativa, «un reformismo del miedo» que buscaba amortiguar las desigualdades mediante las mejoras sociales. A partir de 1945, la mayoría de los países europeos construyeron el llamado «estado del bienestar» en un intento por frenar cualquier impulso de ruptura sin recurrir a la represión. Los años de Guerra Fría fueron décadas «felices» de crecimiento y estabilidad, donde la guerra contra el comunismo se llevó al Tercer Mundo y, al mismo tiempo, al campo de la cultura y las ideas.

Las cosas comenzaron a cambiar después de 1968, tras el ocaso de la revuelta y la entrada de los tanques soviéticos en Praga. La Unión Soviética reveló su rostro gris y desolador –una dictadura anquilosada que a duras penas lograba mantenerse en pie– y el comunismo perdió su fuerza de atracción. Con la caída del muro en 1989, el temor a la revolución quedó definitivamente superado. La izquierda y los sindicatos perdieron su fuerza y el neoliberalismo se impuso en casi todos los frentes. Los grupos dominantes desataron una voracidad sin freno, provocando el aumento de las desigualdades hasta extremos insospechados y una profunda crisis económica de la que ellos mismos han emergido como grandes beneficiados.

Hoy puede sorprendernos con cuánta benevolencia trataba la izquierda tantos episodios oscuros en las experiencias revolucionarias. Se valoraban los logros sociales y esfuerzos constructivos y se atenuaba, como un mal necesario o temporal, la falta de libertades. Muchos continuaron confiando en la primacía moral del proyecto comunista y esta confianza dio fuerzas a un amplio movimiento de resistencia política y social. Cuando esta resistencia menguó, el neoliberalismo se impuso en casi todos los frentes y se inició la espiral de desigualdad e inestabilidad en la que aún estamos inmersos. El siglo de la revolución es una síntesis ambiciosa que busca integrar en una perspectiva coherente la historia del presente: no podemos entender la crisis financiera de 2008 o la  guerra contra ISIS sin enmarcarlas en la historia del mundo después del miedo a la revolución.
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