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John Eliot Gardiner

La Música en el Castillo del Cielo

19.05.2015


Mientras lee este libro, un lector apasionado por la música de Bach bien podría dejarse llevar por cavilaciones como: “¿Qué aria o coro le gustaría escuchar justo antes de morir?” o bien “Y si una máquina del tiempo le permitiera viajar hasta el Leipzig de los años 1720-1730...”

Si pudiera realizar esta segunda fantasía y lograra viajar hasta la ciudad sajona en, digamos, el Viernes Santo de 1724, podría asistir al estreno de la Pasión según San Juan, en la Thomaskirche. Es seguro que sus primeras impresiones serían más bien chocantes: desde en un incómodo banco de madera, en una iglesia atestada, no podría ver a los músicos ubicados en las galerías superiores; el barullo a su alrededor le impediría casi escuchar: las damas entrando ya iniciado el oficio y los hombres charlando, los niños correteando; notaría que los músicos eran escasos y a veces mediocres. Un soporífero sermón interrumpía la música; cuando por fin se reanudara, nuestro viajero habría notado el carraspeo nervioso y creciente de desaprobación por parte de las autoridades municipales ante esa música para ellos excesiva. Si al finalizar el oficio, hubiese buscado al Capellmaister quizás lo habría visto salir dando un portazo, arrancándose la peluca con rabia y despotricando contra la ignorancia y el provincianismo de sus superiores. Si le hubiese seguido hasta la Thomasschule, habría entrevisto su diminuto estudio, rodeado de hijos y ruido doméstico.

Así eran las difíciles condiciones en las que trabajó Bach durante su estancia en Leipzig. Y tan sólo durante los primeros tres años compuso e interpretó por lo menos tres ciclos de cantatas -a razón de una cantata cada semana - y dos Pasiones monumentales. Un período de una intensa y compulsiva creatividad que tiene poquísimos parangones en la historia y que nos legó un corpus de música coral incomparable.

Un misterio que fascinó a Sir John Elliot Gardiner desde sus años formativos; al conmemorarse los 250 años de la muerte de Bach, decidió sumergirse en él con la misma intensidad con la que Bach se entregó a su creación: dedicó el año 2000 a la "Bach Cantata Pilgrimage", interpretando las 198 cantatas sacras que se conservan en distintas iglesias de Europa y América. En buena parte, este libro es la prolongación de aquella aventura.     
       
No estamos frente a una biografía al uso. A Gardiner le interesa abarcar en una totalidad las tres dimensiones en las que inscribe a Bach: el hombre, su tiempo y su música. En contraste con la convención hagiográfica que lo muestra como un hombre piadoso y severo al servicio de la Iglesia luterana, el Bach de Gardiner es un ser contradictorio, conflictivo y rebelde, alguien que sufrió una terrible infancia y vivió en la cercanía de la muerte; al mismo tiempo, un creador abierto y apasionado, dedicado enteramente a la exploración del lenguaje musical.

A muchos les sorprenderá que el autor -un director, no un historiador- ponga tanto énfasis en el contexto histórico y social, en la descripción de la vida en Turingia y Sajonia tras el horror y la destrucción que dejaron las guerras de religión del Siglo XVII; ahora el mundo está cambiando velozmente: la Reforma se ha consolidado, se percibe una incipiente prosperidad y asoman los primeros brotes de la Ilustración. Pero es la incidencia de las ideas religiosas de Bach, fiel seguidor de Lutero, sobre sus composiciones musicales lo que en realidad interesa al autor.

En una aproximación apasionada y personal, Gardiner dedica los capítulos centrales a la exégesis de la música coral de Bach, y es, en particular, en el análisis de las cantatas de Leipzig, la Pasión según San Juan y la Misa en Si bemol -“el más épico de los viajes emprendido en la historia de la música”- cuando nos muestra el alcance profundo de sus investigaciones.  

Lo que convierte a este libro en una obra magna es el hecho de que está escrita desde el interior de la obra de Bach, por alguien que ha habitado en sus profundidades; estas páginas son resultado de una confluencia inusitada: la experiencia de uno de sus más notables intérpretes con el saber acumulado tras décadas de investigación erudita; tal vez, el mayor grado de comprensión posible.

Entre los interrogantes que Gardiner plantea en su interpretación de la música sacra de Bach, retenemos uno: si se trata de una particular conjunción entre música y palabras ¿cómo es que hoy nos sigue conmoviendo tan intensamente, incluso si somos ateos hasta la médula?                 

Leemos a Gardiner y escuchamos a Bach; cuanto mejor comprendemos los matices, más queremos seguir escuchando. Pero también descubrimos que ahora nos resultará todavía más difícil elegir la pieza que quisiéramos escuchar justo antes de morir.


 
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