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​Ian McEwan

Cáscara de nuez

14.04.2017
Un feto humano en su último período de gestación se descubre pensando en su incierto futuro. Involuntario pero atento testigo de lo que sucede a su alrededor, descubre el complot urdido por su madre, Trudy –¿Gertrudis?–, y su amante, Claude –¿Claudio?–, un agente inmobiliario, para asesinar a su padre, poeta y editor de poesía, y hermano mayor de aquel. Aunque en este caso, lo que está en juego no es el trono de Dinamarca, sino una mansión georgiana valorada en siete millones de libras, bastante más apetecible.

El feto es capaz de hacerse una idea del estado del mundo y, desde su situación pre-natal, desarrolla una conciencia cívica crítica y constructiva, por más que no pueda evitar debatirse entre el odio que siente por su madre –por sus planes con respecto a su padre– y un amor filial que no sabe explicar y que siente generado involuntariamente más allá del razonamiento. Obligado a cumplir un destino contra el que no puede rebelarse, aunque firme partidario de su padre, ejecutará su venganza de la única forma que está a su alcance.

McEwan franquea el límite de la verosimilitud asentándose en el terreno de la fábula, de la leyenda, del mito. Las constricciones a que está sujeta Cáscara de nuez comienzan en el mismo planteamiento de la novela, pero una vez establecidas por el autor y aceptadas por el lector –solo la maestría del autor consigue que lo asumamos ciegamente, como deben asumirse las tramas que rayan la perfección, más allá de su verosimilitud–, el texto fluye con la facilidad de lo evidente y la congruencia de lo homogéneo.

McEwan demuestra que es un escritor capaz de escribir una excelente novela con cualquier trama. Un «más difícil todavía» solo al alcance de quien domina su oficio a la perfección.

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