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Gustave Kahn

La estética de la calle

02.12.2017
Imagina que eres turista, que crees descubrir ciudades. Haces fotos en tus visitas y coleccionas postales, eres aplicado. Quizá esas postales las compraste en un mercadillo, o las heredaste. Nunca visitaste Pompeya, ni la ciudad de Venecia o Amsterdam que al parecer las modela el mar, no esquivaste a nadie en un zoco árabe. Si miras tus postales, si las miras concentrado y te fascinan las leyendas y el anecdotario popular, donde sólo había plazas, puentes y torres de iglesias oirás el ajetreo de los que trabajan las calles, los que las ríen, los que las ensucian. Ellos protagonizan las anécdotas (de veracidad dudosa y variantes infinitas) con las que el guía ameniza la caminata de los curiosos.

“Catalina de Médicis, como italiana supersticiosa que era, culpando a los objetos de los reveses de la fatalidad quiso, por así decirlo, vengar la muerte de Enrique II en aquellas piedras” cuenta el guía, que para dar sentido a la arquitectura la condimenta con literatura e incluye relatos en las instantáneas que conforman tu set de postales. Esto hace, también, Gustave Kahn en La estética de la calle.
 
María Reyes

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