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Frédéric Pajak

Manifiesto incierto

22.06.2016
En su nacimiento, la filosofía entonó un gemido que aún late triste en los discursos pretendidamente racionales. Llora a su padre muerto, del que nunca termina de despedirse. Homero constituía la encarnación épica de los valores tradicionales que se querían inculcar a través de la poesía. En una cultura oral, la métrica poética puesta en marcha a través de la acción teatral, se erigía como único garante de la tradición. La visión mítica de la realidad es la que esculpe Homero a través de su épica, cuyo fin es reproducirla para perpetuarla.

A Platón le chirriaba la trova: asumir acríticamente la tradición rememorándola con el canto impide el nacimiento y desarrollo de la historia, la memoria sobrevive en detrimento del ejercicio racional. Como afirmó Havelock refiriéndose a este cisma que dio luz al pensamiento occidental: «El medio poético, lejos de desvelar las relaciones de las cosas o las verdaderas definiciones de las virtudes morales, tiende una especie de pantalla refractaria que disfraza y distorsiona la realidad, distrayéndonos y jugando con la sensibilidad». El Logos se alejó así del Pathos.

La razón anduvo enlutada a pesar de su triunfo, pues el decir filosófico no agotaba aquello que codiciaba apresar, y es que cuando la musa descubre la  escritura, al filósofo no le queda más remedio que aprender a cantar. 

La filosofía llega a nuestros días con el verbo desafinado. En plena disarmonía, aparece un nuevo género, el ensayo gráfico, un híbrido inédito cuyo nombre tiene más de etiqueta que de bateo inevitable. Frédéric Pajak, artífice de esta voltereta, dibuja allí donde la palabra no tiene más que decir. En La inmensa soledad, Nietzsche y Pavese son la excusa para resaltar la pena seca que sucede a una pérdida irreparable. En Manifiesto incierto, primero de cuatro volúmenes y segundo título traducido al castellano, Walter Benjamin es el protagonista intermitente de un libro en el que se reivindica la memoria o, para ser más certeros, los estragos que su ausencia puede provocar. 

Las matemáticas no conocen tiempo, y cuando la razón bosteza, la memoria irrumpe con dulzaina y tamborín para recordarnos que dos y dos siguen sumando cuatro. No sucede lo mismo con la historia; despliegue contingente de acontecimientos evitables, donde recordar más que reñir con el raciocinio, supone un hermanamiento con la reflexión crítica. El hombre es, por tanto, un ser histórico cuyo presente es resultado de la tradición precedente, siempre 
preñada de los intereses de la clase dominante. Bajo estas circunstancias la falta de memoria se alía con el conformismo, abriendo de par en par las puertas a tropelías sin límite.

Traer a Benjamin al recuerdo supone aquí no olvidarse de un sombrío pasado reciente de cuya repetición nunca estamos exentos. De sus idas y venidas a España, concretamente a la isla de Ibiza, percibimos la calma del que se sabe protegido en tierra extranjera, pero huele el peligro desde la orilla. De nada sirvieron los avisos de colegas que, anunciando la que se avecinaba, instaron a Benjamin a abandonar Europa para evitar un desastre venidero. Ante la certeza de saber que «si el enemigo triunfa ni siquiera los muertos están a salvo», decidió rendirse, dejarse caer.

Cantar para recordar, así podríamos acotar la obra de Pajak, a medio camino entre la no ficción y las platónicas sombras cavernícolas: la diferencia es que el decir poético se vertebra aquí para proteger el recuerdo que no es ya parálisis del pensamiento, sino catalizador de la conciencia.

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