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Elena Medel

Chatterton

09.07.2014
Chatterton, poeta suicida antes de los dieciocho, es el punto de arranque de este grito que reflexiona sobre la madurez, que hecha solo de tiempo sin cambios no redime del fracaso ni confronta la desesperación.
El autoengaño resiste solo hasta que la realidad impone su propio drama lírico. El yo se convierte en objeto de estudio y, como una entomóloga, la autora, velada en voz poética, escarba descubriendo el juego de espejos que es la literatura. Desmembrada la mariposa, amanecen las decepciones de una generación lastrada de sueños caducos y expectativas ¿exageradas?

El poemario avanza y las imágenes bíblicas interfieren los pensamientos cotidianos, en realidad relatan una ruptura sentimental seguida de derrotada vuelta a casa. En el desenlace, el cazamariposas reposa, la lupa se aleja, la aguja pincha el blanco de la página. La luz se apaga para dejar atrás la calidez onírica del país de las maravillas. Se niega el refugio que supone forzar la desaparición definitiva antes de convertirse en adulto, y esta pausa no es más que carrerilla desencantada para coger impulso y reinventarse.

El libro cierra el ciclo que abrió Mi primer bikini y consolidó Tara, y firma que su árbol genealógico está hecho de papel, no solo de carne. Cemento urbano y poesía de colmena universal. «Después de crecer / mi hogar lo levantaré sobre las ruinas». El borrón o veneno que mató a Chatterton aquí es tinta, punto de partida para construir una vida sin disfraz, el punto final de la palabra fracaso.
 
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